Pocas cosas en la vida ofrecen un placer semejante al que se siente después de largar un buena sarta de puteadas. Es máhico, incomparable.
Ahora, si uno se pone a pensar, pocas cosas en la vida tienen tan poco sentido como lo que usualmente elegimos como insulto, a saber:
Boludo/pelotudo: remitir al carácter de "malformación testicular característica de los individuos con discapacidad mental" es ser demasiado exigente. Si a mí me dicen
boludo, pienso en que me dicen que tengo las bolas grandes y, la verdad, no le veo nada de malo.
Hijo de puta: tu mamá cobra por tener sexo con señores. La verdad, tiene poca vida ese insulto, por su carácter de falaz. Y si, por el contrario, tu mamá sí es puta, ya no resulta un insulto. Sería como decirle al hijo de Débora Pérez Volpin
hijo de conductora. Una gilada.
La concha de tu madre: ahá... sí, ¿qué más? Porque, o sea, no es nada eso. Es la simple mención de un elemento determinado. Es como decir
la mesa o
el que le metió el dedo en el culo a Riquelme en el partido con Banfield. No tiene sentido.
Puto: salvo que uno sea un retrógrado que todavía considera ofensivo que a un hombre le guste el perico ajeno, tampoco tiene sentido. Tampoco por la posibilidad de que te moleste que te acusen de gustar de algo que no te gusta. Es como si a mí me dijeran
fan de Saldívar o
vicioso del puré de batata. No lo soy, pero tampoco me siento insultado.
Mogólico: es como decirle
rengo o
celíaco con ganas de insultar, sólo que los peores insultados en el caso de
mogólico son los propios enfermos, gente que ya tiene demasiados problemas como para que encima los usen de ejemplo negativo para ofender a otro.
Forro: evita enfermedades venéreas y embarazos no deseados. ¿Dónde está el insulto?
Digo, ¿no? Podríamos ser un poco más imaginativos a la hora de ofender a otros. Qué se yo, si a mí me dicen
Tinelli o
Ricardo Fort me enojaría mucho más.
"Insultá bien, ¡pelotudo!"