Una de las actividades más aberrantes y detestables que un ser humano puede vivir, es la de ir al banco. No hay absolutamente nada positivo, nada. Y es indistinto si uno va a pagar una fortuna (el 95% de los casos) o si va a cobrarla: si vas a pagar, bueno, eso, vas a desprenderte de un montón de dinero a cambio de nada (porque no importa si estás pagando el crédito con el que te compraste tu casa, del banco no te llevás nada); y si vas a cobrar, estás angustiado y paranoico como un perejil, pensando que
este empleado se hace el bueno pero me marcó, ahí está mirando para allá, sí, estoy al horno, le hizo una seña... ¡le hizo una seña! y cosas así, pero uno nada, aparentando tranquilidad, cara de poker como si todos los lunes a la mañana desayunara una pilita de billetes de cien con mermerlada de frutos rojos.
Después están las colas: una para el cliente
premium y otra para la gilada. La primera distinción de clases: el
premium no tiene que andar como un ratón de laboratorio por un laberinto de cintas, va derechito a la caja; la gilada sí, al humillante zigzag.
El premium siempre está apurado, mira 27 veces el reloj, se ofusca y mira a la gilada con cara de
ustedes no entienden nada. La gilada también está apurada, pero está aún más
resignada.
En la cola del populacho (en la premium no alcanza el tiempo) suelen generarse charlas que, indefectiblemente, nacen de un comentario crítico hacia alguna autoridad. El podio de
criticados para iniciación de conversaciones es: 1° el gobierno, 2° el banco, 3° Maradona. Toda frase que comience en
estos de XXXXX son unos atorrantes tendrá repercusión asegurada, generando una escalada de violencia y malestar que más tarde o más temprano habrá alcanzado a toda la fila, usualmente en grupitos de a 3 personas.
Todo esto bajo la estricta observación del personal de seguridad, que insiste en invitar amable y repetidamente a guardar el celular a los de “la cola de la gilada”, pero tiene la delicadeza de no ver a los premium y sus iPhones o sus Palms, que por supuesto no sirven para comunicar nada al exterior sino para recordar inofensivos temas de agenda premium, habráse visto.
Y así hasta que llegamos a la caja, en la que un cartelito nos informa que ese señor de barba candado que nos atiende se llama “Cristina Robledo”, lo cual nos hace dudar un poco de la autenticidad de la información. Porque si hoy se llama Cristina, mañana se puede llamar Roberto y seguir no siendo quien dice ser.
Y los cajeros están divididos en dos bandos bien diferenciados: los buena onda y los ortivas a ultranza. El buena onda te ofrece monedas sin que le pidas, te dice que el alcances los papeles que él hace todo, un fenómeno. El ortiva, mira para abajo y escucha, te responde bajito por esos microfonitos que hay ahora y se niega a repetir lo que uno no escuchó, o lo hace pero con una cara de ocote que mata. Con el ortiva se tarda más, y te lo hace saber con su mirada, lo que genera otro motivo de violencia en la cola. Empezamos siendo amigos del querellante colil, pero cuando nos atendieron nos
convertimos y somos enemigos.
Igual, de todo lo que se puede padecer en un banco, lo que más me sigue costando es no sentirme un soberano pelotudo cuando no hay nadie y tengo que recorrer las 4 vueltas del laberinto yo solo, como un gil, en lugar de ir derecho por el costadito.
Y sí, no hay una que me venga bien.
Con ustedes, la gilada.